

María Parejo
Casa-conejo / La casa atada
2025
Sobre la pieza
Esta casa blanca, de líneas puras y frías, alberga un cuerpo inerme: un conejo, clásico en los bodegones del barroco, que aquí se extiende a lo largo de tres caras del volumen cerámico. Su representación, precisa y silenciosa, no busca la nostalgia pictórica, sino la evocación de un imaginario doméstico donde la belleza y la violencia coexisten. El animal, atado por las patas, se dispone con la pasividad de aquello que ha sido resignado al adorno. Pero el gesto de la artista introduce un desplazamiento sutil: la cuerda que lo sujeta no es burda ni cruel, sino un lazo azul de terciopelo. Ese detalle, de apariencia delicada, altera toda la lectura de la pieza. La suavidad del material y la finura del nudo no atenúan la violencia, sino que la camuflan bajo el lenguaje de la ternura. En este contraste radica el núcleo conceptual de la obra: la domesticación como forma de control afectivo. El lazo, símbolo de cariño o de regalo, revela su reverso opresivo cuando aprisiona. Así, la pieza pone en evidencia cómo, en la estructura social de la familia —ese ideal del hogar que la serie interroga—, las relaciones de cuidado pueden ser también mecanismos de sujeción. El conejo, figura tradicional de la abundancia y la fertilidad, yace ahora inmovilizado sobre la cerámica. En su quietud se concentra la historia del hogar como escenario donde lo vivo se convierte en objeto: un lugar donde lo vulnerable se adorna para hacerlo aceptable. La casa es un bodegón. Sus muros son la mesa donde la naturaleza, domesticada, queda inmóvil para nuestro goce y nuestra memoria. Construir una casa es también esto: levantar un escenario donde lo salvaje se convierte en ornamento, donde la vida se amarra con cintas de terciopelo para que no escape, para que permanezca quieta bajo nuestra mirada. La Casa Atada encuentra aquí uno de sus gestos más inquietantes: la belleza como forma de encierro.







